Mis comparticiones
Con la presencia de la bella Marijose no tengo en realidad muchas opciones para degustar alguna golosina en casa, porque en cuanto me ve, pega la carrera con los brazos abiertos, para recibirme amorosamente y arme un abrazo del oso y un picorete en la mejilla, pero nada es gratuito en el mundo, mi buen, y menos las caricias de la nefanda infanta que de inmediato, como si fuera marchante judía –dicen que así son ellos-, de inmediato pasa la factura con la simple y sencilla pregunta “¿y mi sorpresa?”
Si antes llegaba a mi sacrosanta alcoba, en donde está la tele con cable y me recostaba para presenciar algún evento deportivo, o una serie o una película, ahora, mi buen, todo ha quedado en la historia porque que la peque llega al hogar, corre para encender el televisor y gritarle a la Infanta Margarita que le ponga el Nick jr., canal en el que sale esa serie de caricaturas de Dora la Exploradora y si quiero cambiarle de canal, con voz implacable me suelta tajante un “¡no le cambies!”, y como ya se apoderó del control, pues menos oportunidad tengo y si por equivocación se descuida y logro tener el citado control y le cambio de canal, ¡me arma un panchón del tamaño del mundo, mi buen!
Así que a querer o no, tengo que compartir la televisión de mi alcoba con la citada Marijose.
Pero lo ocurrido el famoso Día del Amor y la Amistad no tuvo desperdicio alguno:
Llegó amoroso con unos chocolates del tamaño de la citada Marijose que más tardó en verlos que empezar a darles cran. Caí en el craso error, porque temí que el exceso de chocolate le produjera algún malestar estomacal, por lo que le sugerí a la Infanta Margarita se les regulara, y no ves, también lloró como si hubiere perdido una diputación federal.
Este humilde amanuense se encontraba en la cocina preparándome una suculenta milanesa de pollo, a la que pensaba acompañar con una sopa verde y unos chilpolitos negros refritos. La sopa no me salió y me conforme con hacer sopa fría. En esos menesteres me encontraba, cuando la aspirante a lideresa de kínder arribó a la cocina con un bollito en mano, envuelto en una pequeña bolsita de celofán y atada con un moñito color dorado; el bollito, adornado con estrellitas de dulce de diversos colores.
Lo que nunca imaginé, es que saliera su mentalidad gandalla, porque me dice: “¿Lo vas a compartir?”. En serio, de momento no entendí a que se refería. Me llevó de la mano y soltó una pregunta ¿te gustan las estr4ellitas? Sí, respondí, sí me gustan. A mí también. Desenvolví el citado manjar de harina y huevo, y tomó una estrellita azul, la que corrió a mostrar a la madre, mientras yo regresaba a darle vuelta a los chilmoles que preparaba.
Tiempo después quise disfrutar el bollito como postre, y grande fue mi sorpresa, aunque te confieso que lo esperaba, al encontrar solamente el papelito y unas cuantas migajas. ¿Dónde está el pastelito?, le dije y sólo se limitó a subir los hombros y a poner un rostro de “a mí, ni me preguntes”, pero como que el sentimiento de culpa le vino de pronto, porque soltó a manera de recordatorio: dijiste que sí lo ibas a compartir”.
Luego entonces, ya no comparto solamente mi recamara, mi televisor, mis horarios para ver mis programas, sino también mis golosinas con esta pequeña amenaza para la humanidad infantil.
Esas con ahora mis comparticiones, mi buen.
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