Los primeros 450 años. . .
Pues ahí me tienes, echando mi tiempo atrás. Mirando retrospectivamente hacia ese ayer de apenas tres décadas, que hoy, hoy –como decía tu tío Vicente-, se cumplen.
Culiacán, la tierra que me abrió sus brazos amorosamente, cumplía sus primeros 450 años de existencia y para tal fin, el entonces alcalde, Roberto Tamayo Müller echó la casa por la ventana. ¡No veas qué fandango armó en ese tiempo!
Había que darle a Culiacán de San Miguel una reina, y el buenazo de Roberto –que por cierto ya goza de la paz eterna desde hace algunos ayeres-, giró instrucciones a su entonces Secretario del Ayuntamiento, que no era otro que el maravilloso, extraordinario tipo Don Francisco Gil Leyva -¡madre mía, qué tío este, no veas!-, para que convocara a quienes considerara idóneos para hacerla de jurado para la elección, a realizarse en el Patio Central de Paladio Municipal.
Modestia aparte, el Maestro Gil Leyva sabía de mis gustos por la belleza femenina, así que ni tardo ni perezoso, tuvo a bien girarme la invitación para que este tu humilde amanuense, fuera ¡juez!, en tan difícil y ardua misión: elegir a la mujer más bella de Culiacán, para coronarla como la reina del municipio central.
Esa noche ahí nos tenías a todos los integrantes del jurado, como si nos hubieran uniformado, porque todos, sin excepción, decidimos sin consulta previa, usar esa prenda fresca, cómoda y elegante, que es la guayabera, la misma que pusiera de moda tu tío Luis y que todo mundo usó para no quedar mal con el Jefazo. Esa noche sí que hizo calor en serio, y lo sentimos más, porque a las diligentes edecanes se les olvidó ponernos una jarra con agua helada. Parecíamos estar en un sauna, al tiempo que nos secábamos los chorros de sudor que tercamente escurrían por nuestro rostro.
Cumplida la difícil misión, Roberto Tamayo se puso a mano con una cena en un restaurante bar que había en el Malecón, entre Rubí y Morelos, en donde contamos, como era lógico, con la muy grata compañía no sólo de la reina recién electa, sino de su señora madre que no se le separaba para nada. El nombre, por esta ocasión, permite que lo omita, pero sí te digo que si la hija era una auténtica beldad, sin duda alguna era herencia, porque su señora madre, por esas fechas en esa edad tan hermosa que tienen la mujer, era dueña de una belleza serena, tranquila.
Han pasado tres décadas y muchos sucesos han ocurrido: Roberto Tamayo cumplió su misión eficientemente como alcalde de Culiacán y regresó a sus negocios de los que en verdad vivía, sobre todo de la agricultura y comercio; el Maestro Francisco Gil Leyva, que dejara huella en la redacción de El Sol de Sinaloa en donde tuve el placer de conocerle y conversar en aquellas medias tardes cuando sudoroso, llegaba para dejar su cuartilla con la colaboración más leída en la historia de ese cotidiano: “Aquí entre nos. . .”, en donde nos regalaba, con ese su estilo coloquial, su visión tanto del ámbito político, familiar así como de lo que su aguda mirada captaba en estas calles de Culiacán. Aunque al llegar a Culiacán mi carrera periodística ya estaba cimentada, si a alguno de los periodistas de la llamada “vieja guardia” me hubiese atrevido a llamarle “MAESTRO”, sin duda alguna sería a Francisco Gil Leyva, que al llamado de Roberto Tamayo, dejó la libreta, pluma y máquina de escribir, sin que por ello su pasión por el periodismo desapareciera, porque periodista lo fue hasta el día en que mi Compa Chuy sentía la necesidad de contar en su reino con una pluma ágil, amena y certera para que le redactara lo que en ese reino ocurre. De eso, no me queda la menor duda, porque reitero, ¡qué tío tan estupendo era don Francisco Gil Leyva!-; la reina que iluminó con su belleza las fiestas de ese Aniversario 450, se convirtió en ama de esposa, ama de casa y madre y grande fue mi sorpresa cuando una mañana tuve el gusto de verla llevando a una hermosa niña al mismo jardín de niños en donde estaba mi hija Florentyna. Habían pasado ya algunos años, y a su belleza natural, se le añadía la que la vida matrimonial le había permitido vivir; el restaurante bar al que acudimos a saciar nuestra sed y apetito, desapareció también del panorama culichi, entre otras cosas que han cambiado.
De aquella mi incursión como jurado, me queda el grato recuerdo de no haberme equivocado al elegir a la mujer culiacanense más hermosa de las que esa noche participaron, y como objeto material, el regalo que el alcalde me hizo consistente en una… mejor no te digo, no vaya a ser el chamuco y después de tres décadas salga alguien a pedírmela aduciendo alguna treta.
Hoy Culiacán cumple 480 años y en verdad, no veas el regusto que siento por ello. He visto como ha crecido en todos los sentidos, y si bien es cierto que hoy la inseguridad se ha acentuado, también reafirmo mi convicción de que sigue siendo una tierra de hombres trabajadores, que te dan la mano franca y amiga; y de mujeres de una belleza como no hay en otra parte de nuestra hermosa república mejicana. Tierra en donde somos más los buenos que los malos, los que nos esforzamos por ganarnos honradamente la chuleta, el uno veinte diario. A todos ellos, como habitantes de este maravilloso municipio, también les digo felicidades.
A esta mi tierra adoptiva decirle que la quiero mucho, porque además de recibirme con los brazos abiertos, me dio la oportunidad de conocer a las mujeres que con el tiempo, me dieron cuatro hijos maravillosos: Luz Irene, madre de Mildred, y a la Lolín, que a su vez, me regaló a Florentyna y los mellizos.
Como verás, también tengo motivos más que suficientes para amar a Culiacán, porque además, mis grandes cuates también son de aquí. Luego entonces también tengo razones más que suficientes para darle un gran abrazo al Culiacán de mis amores y a desearle muchos años más de dicha y prosperidad.
Estamos?
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